La naturaleza lleva siglos resolviendo problemas que el ser humano apenas empieza a comprender. De ella nacieron ideas que inspiraron tecnologías, diseños y avances cotidianos. Javier Guerrero, abogado, presentador de televisión y escritor,  hace algo parecido, pero mirando hacia dentro: convierte al abejorro en una poderosa metáfora sobre la condición humana y en el hilo conductor de Vuela Abejorro, segundo libro de una trilogía dedicada a explorar nuestras heridas, miedos, límites y posibilidades.

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El abejorro es pequeño, humilde y aparentemente desproporcionado para la grandeza de su vuelo. Sin embargo, vuela. No se compara, no pide permiso y no renuncia a lo que es porque otros parezcan más fuertes, más bellos o mejor preparados. Para Guerrero, ahí reside una de las grandes lecciones de la vida: no podemos construir una existencia auténtica mientras sigamos avergonzándonos de nuestra propia naturaleza.

La naturaleza como inspiración

Es muy probable que el modelo de placa solar que has colocado en tu vivienda se haya construido copiando a los girasoles, que el velcro que ajusta tu cazadora se haya fabricado después de observar a los cardos, y que cada vez que tomas un avión deberías saber que se construyó aprovechando enseñanzas del halcón peregrino. Javier Guerrero, aplica la biomímesis, ciencia que estudia la naturaleza como fuente de inspiración para crear tecnologías y resolver problemas humanos, y lo convierte en un método único para conseguir una vida libre de ataduras.

Javier Guerrero (Barcelona,1981), abogado mediático, fundador y CEO de Guerrero & Asociados, Abogados, presentador de televisión, analista de medios comunicador y escritor, utiliza historias sorprendentes para hablar de aquello que conocemos, aunque pocas veces nos atrevamos a nombrar. Por las páginas de Vuela Abejorro, segundo libro de una trilogía dedicada a explorar nuestras heridas, miedos, límites y posibilidades, aparecen un Forrest Gump que no corre, un vikingo con un diente azul, un dragón sin armadura, un unicornio que no puede volar, unas Perseidas tan hermosas como fugaces, un Frankenstein condenado por su apariencia, héroes imperfectos, lunas cansadas, soles que no alumbran y criaturas distintas que son espejos de nosotros mismos.

Vuela Abejorro no pretende enseñarnos a vivir sin heridas, sino a impedir que esas heridas decidan quiénes somos. No propone eliminar el miedo, sino avanzar con él. No invita a convertirnos en otra persona, sino a reconciliarnos con aquella que llevamos toda la vida intentando esconder. Guerrero lo resume con una idea que atraviesa toda la obra: “El abejorro no vuela pidiendo disculpas por su forma. No se compara con el águila, no pretende ser mariposa. Su fuerza nace de aceptar su naturaleza.”

Sin pedir permiso

P.-. ¿Qué diferencias tiene este segundo libro de Vuela Abejorro respecto de Sé Abejorro, su primera publicación?

R.- Sé Abejorro nace desde la determinación, mientras que Vuela Abejorro lo hace desde la cicatriz, y es que despegar demuestra valentía y mantenerse en el aire revela carácter. El primer libro pretendía provocar una reacción en el lector. Quería decirle: cree, levántate, desafía aquello que te dijeron que no podías hacer, no aceptes como definitiva una limitación que quizá sólo existe porque alguien consiguió convencerte de ella.

Vuela Abejorro, sin embargo, comienza cuando ya has logrado separarte del suelo y descubres que el verdadero desafío no consiste únicamente en alcanzar una altura, sino en sostenerte allí sin olvidar quién eres, sin permitir que el miedo al fracaso te obligue a dejar de avanzar y sin traicionarte para conservar aquello que has conseguido.

En este segundo libro hay una exposición personal mucho mayor. No hablo únicamente desde lo aprendido, sino también desde lo vivido. Hay infancia, miedo, vergüenza, soledad, traición, heridas, pérdida, reconciliación y una mirada mucho más profunda sobre la fragilidad humana.

P. ¿Por qué debo imitar al abejorro para vivir mejor?

R.- El abejorro no espera tener el cuerpo perfecto, las alas perfectas, el momento adecuado ni la aprobación de nadie para volar. Nosotros desperdiciamos demasiada vida preguntándonos si podemos, pero él simplemente bate las alas y vuela. Quizá por eso deberíamos parecernos un poco más al abejorro ya que vivir mejor empieza cuando dejamos de pedir permiso para ser quienes somos.

P. El abejorro le ha enseñado su técnica, pero ¿de dónde ha sacado tanto conocimiento de la condición humana?

R.- De vivirla y de haber conocido el miedo, la indiferencia, la soledad, la traición, la pérdida, la ansiedad, el desamor, pero también de llevar más de veinte años sentado delante de personas cuando su vida se ha roto. El Derecho me enseñó leyes; las víctimas me enseñaron al ser humano.

Miedo a errar

P.- ¿Por qué la gente tiene tanto miedo a dar el salto a la vida ?

R.- La mayoría de las personas no teme realmente fracasar, sino a ser vista fracasando. Vivimos en una sociedad que ha convertido la seguridad en una especie de religión y el riesgo en una amenaza que debe evitarse a cualquier precio.

Dar el salto implica aceptar que no controlaremos todo. Hay un precio más alto que el de equivocarse, y es pasar toda una vida preguntándose qué habría ocurrido si hubiéramos tenido el valor de dar aquel paso.

P.- Yo veo en la calle mucho más ego de lo que usted presupone

R.- Totalmente de acuerdo, pero muchas veces el ego no es exceso de autoestima, sino todo lo contrario: inseguridad vestida de armadura. Quien sabe realmente quién es no necesita empequeñecer al de al lado para sentirse grande. La dignidad no es una competición.

P.- Usted señala en su obra “Aquella noche, solo junto al río, comprendió que su mayor logro no había sido despegar del suelo, sino no dejar morir su imaginación” ¿A dónde quiere llegar?

R.- A que antes de conquistar algo hay que ser capaz de imaginarlo. Los sueños suelen morir mucho antes de fracasar: mueren por ridículo, cansancio, miedo y por escuchar demasiado la voz de los demás. La imaginación no nos aleja de la realidad; algunas veces es la única puerta que permite cambiarla.

P.- El dragón de su libro no tiene escamas duras para defenderse, ni vuela con la fuerza de sus congéneres. Sufre el rechazo por ser distinto. Beethoven, Mozart, superaron sus diferencias con su talento. ¿No hay justicia que compense el rechazo al diferente?

R.- El dragón no necesitaba mejores escamas; necesitaba un mundo capaz de entender que su diferencia también podía ser su grandeza. Hay justicia que puede reconocer derechos y reparar daños, pero ninguna sentencia devuelve por completo los años vividos sintiéndose menos por ser diferente. La verdadera reparación empieza cuando dejamos de exigir a los demás que se parezcan a nosotros para concederles dignidad.

La belleza del antihéroe

P.- Usted señala en la obra que “El héroe necesita defectos para ser humano. La imperfección permite profundidad. Un héroe que duda, teme, se equivoca, se enfada, se contradice y debe reparar sus actos nos habla mejor de la condición humana”. ¿Dónde está la belleza del antihéroe?

R.- La belleza del antihéroe está en que no necesita ser perfecto para ser valioso. Duda, cae, se equivoca, se enfada y a veces decepciona, pero precisamente por eso se parece a nosotros. Su grandeza no está en no tener sombras, sino en reconocerlas y decidir qué hacer con ellas. El héroe perfecto inspira admiración; el antihéroe, en cambio, nos recuerda que también desde la imperfección se puede crecer, reparar y volver a levantarse.

P.- Alerta sobre los fogonazos inesperados. Sobre el brillo sobrevenido. Sobre héroes que acaparan titulares y después desaparecen y pone como ejemplo de la fugacidad a las perseidas. ¿No le parecen bonitas?

R.- Muchísimo, por eso funcionan como metáfora y son paradigma de belleza; por su fugacidad. Hay que tener en cuenta que una estrella fugaz puede ser bellísima y, sin embargo, no calienta un hogar. El problema nunca ha sido brillar un instante, sino confundir el destello con la luz que permanece.

El mundo necesita belleza y asombro como el eclipse solar del pasado doce de agosto.

P.- Frente al mundo de lo inmediato, de lo fugaz, del impacto sin continuidad propone silencio, perseverancia, compromiso. Usted es un ingenuo, con perdón

R.- Puede ser, pero llevo demasiados años viendo cómo las cosas importantes se construyen despacio para creer en los fuegos artificiales. El héroe aparece y el perseverante permanece, y normalmente es el que permanece quien cambia las cosas, no el héroe de brillante armadura.

P.- Hay palabras que se repiten una y otra vez: herida, atadura, voz interior, cuenta pendiente pero sobre todo el miedo a no ser suficiente para merecer reconocimiento y afecto.  ¿Nos ve tan encogidos?

R.- Más de lo que aparentamos, aunque hemos aprendido a posar muy bien y mostrarlo al mundo, pero seguimos llevando heridas que nadie ve. Hay personas que consiguen dinero, prestigio o seguidores y continúan preguntándose en silencio: «¿Seré suficiente?». La apariencia ha evolucionado muchísimo; algunas heridas humanas, muy poco.

Ocupar el espacio de la víctima

P.- En la Justicia no puede permitirse usar a una víctima como materia de prestigio ni dejar que el brillo sustituya a la responsabilidad.  ¿Va por alguien en particular?

R.- Va por todos, empezando por mí. Quien trabaja con el dolor ajeno tiene una obligación moral enorme: no apropiarse nunca de una historia que no le pertenece.

El peligro aparece cuando el profesional empieza a ocupar más espacio que la víctima, cuando la fotografía importa más que la reparación, cuando el titular pesa más que el sufrimiento o cuando convertimos una desgracia ajena en una plataforma para construir prestigio propio.

P.- Como abogado de personas famosas sabe que las víctimas necesitan que alguien esté cuando la luz se apague, aunque no sean conocidas, cuando el caso deje de ser nuevo y aparezca el cansancio ¿Es cierto?

R.- Toda víctima merece la misma dedicación, sea conocida o anónima. El verdadero compromiso profesional no está en aparecer cuando el caso interesa, sino en permanecer cuando llegan el cansancio, la espera y el silencio. La defensa debe ser igual de rigurosa, cercana y firme para todos.

La reparación auténtica no tiene la belleza de una estrella fugaz sino la dignidad de una lámpara encendida durante muchas noches, independientemente de quién sea la persona que contrata tus servicios. Se ha de aplicar por igual todos los medios posibles para llevar a cabo una defensa adecuada.

P.- ¿Qué repara la Justicia ?

R.- El famoso jurista romano Domicio Ulpiano decía que la justicia es la voluntad firme y constante de dar a cada uno su Derecho, lo que le pertenece o lo que merece.

Ahora bien, antes de cualquier justicia existe una condición más elemental y profundamente humana, sin la cual todo lo demás resulta incompleto:  ser escuchado sin que la forma en que el dolor se manifiesta se convierta, desde el primer instante, en motivo de sospecha. La Justicia empieza mucho antes de una sentencia y es por ello que siempre hay que escuchar para poder ser justo.

P.- Ecolalia es la repetición involuntaria o automática de palabras que nos tocaron en momentos de vulnerabilidad. Con frecuencia se condena a quienes no superan la herida y se les mortifica con frases como “ya pasó”, “tienes que superarlo”, “no puedes vivir anclado”, “deja de darle vueltas”. Incluso hay familias enteras sostenidas sobre ecolalias. “Los hombres no lloran”, “La familia se aguanta”, “No cuentes lo de casa”, “No molestes”, “El amor duele, “No es para tanto”, “La culpa es tuya”, “Mejor callar”.

 ¿Ve aquí el germen de la violencia doméstica?

R.- Sí, puede formar parte del terreno en el que determinadas violencias terminan normalizándose. Hay palabras que, repetidas durante años, dejan de ser simples frases y terminan convirtiéndose en una especie de legislación punitiva dentro de una familia.

Cuando una niña escucha una y otra vez que «el amor duele», que «la familia se aguanta», que «lo de casa no se cuenta», que «no es para tanto» o que «mejor callar», existe el riesgo de que llegue a interpretar como normal aquello que nunca debería serlo y cuando un niño aprende que «los hombres no lloran», que pedir ayuda es una debilidad o que imponer es una forma de autoridad, también puede crecer confundiendo fortaleza con dureza y silencio con dignidad.

Muchas familias pueden sostener durante décadas silencios que nadie se atreve a romper porque todos han aprendido que romperlos significa traicionar a la familia. Yo creo exactamente lo contrario: hay silencios que protegen y silencios que encubren, y confundirlos puede tener consecuencias terribles.

Romper una ecolalia no consiste únicamente en dejar de repetir una frase, sino en cuestionar una forma de entender el amor, la autoridad, la culpa, el miedo o la lealtad. Que alguien tenga el valor de decir: «esto ocurrió, esto me hizo daño y conmigo termina» A veces, el primer acto heroico de una familia no consiste en permanecer unida a cualquier precio, sino en tener el coraje de romper el silencio para que nadie tenga que volver a vivir lo mismo.

Traición

P.- A lo largo del libro insiste en que lo pequeño significa tanto como lo grande. La corrupción, la traición, la palabra que daña no tiene que ser gigantesca, puede ser algo pequeño. Explíquese

R.- Casi ninguna gran degradación empieza siendo grande. La dignidad suele perderse en pequeñas concesiones: un silencio, una mentira cómoda, una mirada hacia otro lado, una lealtad que vendemos barata. Las treinta monedas por las que se traicionó a Jesucristo pesan tanto precisamente porque eran sólo treinta; el valor de un esclavo en aquella época.

Cada época tiene sus treinta monedas y cada conciencia conoce, alguna vez, la posibilidad de vender algo que no debería tener precio.  A veces no son monedas reales. Son poder, prestigio, silencio, comodidad, miedo, obtener un cargo, una aprobación porque la traición rara vez se presenta con rostro monstruoso, sino que suele venir vestida de justificación; “no era para tanto”, “las cosas son así”, “alguien más lo habría hecho”, “no había  alternativa”, “conviene ser práctico”, “el mundo no funciona con ideas…”

P.- ¿Podría ser el negacionismo climático una forma de traición?

R.- Podría serlo si alguien conoce una realidad, tiene responsabilidad sobre ella y decide sacrificarla conscientemente por poder, dinero o comodidad. No llamaría traición a toda discrepancia; sería demasiado fácil. La traición comienza cuando sabemos lo que debemos proteger y, aun así, decidimos ponerle precio.

P.- Le menciono las lealtades políticas que desaparecen de un día para otro…

R.- La política cambia de aliados; eso forma parte de la política. Lo que me interesa es algo más humano: la facilidad con la que encontramos una explicación noble para aquello que ayer habríamos llamado traición. Bruto y Casio, junto con otros conspiradores, no se presentaron ante sí mismos como traidores vulgares, sino como algo mucho más peligroso y noble en apariencia: como salvadores de la República. Sin embargo, el asesinato de César no cumplió el propósito que buscaban sino todo lo contrario y Roma se abocó a la dictadura.

Las traiciones más dolorosas no vienen siempre del adversario declarado, sino de quien gozaba de confianza. Por eso, el beso de Judas es una de las imágenes más terribles de la historia humana porque convierte un gesto de afecto en instrumento de señalamiento.

P.- Una forma muy común de prolongar el sufrimiento es esperar a que sucedan cosas para ponerse en marcha;” cuando sane, cuando tenga éxito, cuando tenga pareja”. Sinceramente, qué quiere que le diga, los hay muy petardos

R.- Yo habré sido uno de ellos alguna vez. El problema es que podemos pasarnos la vida esperando para avanzar, pero el secreto es que la vida no comienza cuando estamos completos; comienza mientras todavía estamos aprendiendo a convivir con aquello que nos falta.

P.- Le concedo que la envidia es una lata. Uno nace envidioso y tiene poca cura.

R.- La envidia puede ser veneno, pero también puede convertirse en información: quizá el brillo del otro está señalando una parte nuestra que hemos dejado sin trabajar.

P.- Expone en su obra el caso Cambridge Analytica donde se manipularon datos personales de millones de usuarios recopilados de las redes sociales para influir en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016, poniéndose de manifiesto que estamos desnudos y somos ignorantes.

¿Qué tanto de responsabilidad atribuye a la justicia y que tanto a la arrogancia del ciudadano que se cree todopoderoso con la tecnología a su alcance?

R.- Atribuyo una corresponsabilidad dado que la Justicia debe protegernos frente a quien convierte nuestra intimidad en mercancía y nuestra vulnerabilidad en herramienta de manipulación, pero el ciudadano también tiene que abandonar una ingenuidad peligrosa: cuando algo digital parece completamente gratis, conviene preguntarse si el precio somos nosotros. La libertad también exige responsabilidad.

P.- El abejorro no triunfa por no sentir el peso, triunfa porque, aun sintiéndolo, vuela. Sostiene que el ser humano no alcanza el éxito porque la vida sea fácil, sino porque le mueve la energía del amor.

R.- No hablo del amor de postal. Hablo de la fuerza que hace que una madre continúe, que un padre proteja, que un amigo permanezca, que alguien cuide cuando nadie aplaude y que una persona herida decida no devolver al mundo todo el daño que recibió. El amor no elimina el peso; nos da una razón suficientemente poderosa para seguir volando con él.

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Sumarios:

El Derecho me enseñó leyes; las víctimas me enseñaron al ser humano.

Cuando algo digital parece gratis, conviene preguntarse si el precio somos nosotros.

Vuela Abejorro nos recuerda que no nacimos para ser invencibles, sino para caer, resistir y seguir volando.

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Por María José Cavadas

Doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Periodista, Profesora en la Facultad de Ciencias de la Información (UCM) y Formadora en Habilidades de Comunicación y Liderazgo. Miembro de la Federación de Asociaciones de Periodistas de Turismo (Fijet)

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