El renacimiento astronómico de Asia Central
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Reserva tu tratamiento hoyCuando pensamos en los grandes lugares desde los que se observa el universo, suelen aparecer los mismos nombres: los telescopios del desierto de Atacama, las cumbres de las Islas Canarias o las montañas de Hawái.
Sin embargo, existe otra región mucho menos conocida que está recuperando protagonismo en la astronomía mundial: las montañas y estepas de Asia Central.
Allí, antiguos observatorios construidos durante la época soviética están viviendo una profunda transformación. Entre 2023 y 2026, la modernización de sus telescopios, la automatización de sus instalaciones y su integración en redes internacionales han devuelto a la región un papel relevante en la investigación astronómica. Y hay algo más: algunos de estos centros participan ya en una tarea cada vez más importante, la vigilancia del entorno espacial y de la creciente cantidad de basura que orbita alrededor de la Tierra.
De instalaciones abandonadas a observatorios robotizados
Durante la época soviética se construyeron en Asia Central importantes instalaciones científicas, muchas de ellas situadas a gran altitud y en lugares especialmente favorables para observar el cielo.
Pero la desaparición de la Unión Soviética cambió radicalmente su situación. La falta de financiación y de piezas de repuesto provocó que numerosos observatorios quedaran prácticamente paralizados durante años.
Uno de los casos más llamativos es el del Observatorio Assy-Turgen, en Kazajistán. La construcción de la cúpula de su telescopio principal, de 45 metros de altura, comenzó en 1975. Sin embargo, el proyecto quedó congelado en 1992 como consecuencia de la crisis provocada por el colapso soviético.
Los trabajos no se retomaron hasta 2014. Tres años después, en 2017, el reflector AZT-20, de 1,5 metros, comenzó a funcionar con regularidad. Se convirtió así en el telescopio más grande de Kazajistán.
Hoy la situación es muy diferente.

Assy-Turgen, en el altiplano al este de Almatý: a la derecha, la torre del AZT-20, congelada en 1992 y reactivada en 2017.
Assy-Turgen, situado a 2.750 metros de altitud y a unos 85 kilómetros de Almaty, y el cercano Observatorio de Tian Shan cuentan con tecnologías que permiten trabajar a distancia: sistemas de control robótico por red, óptica adaptativa, cámaras CCD de alta precisión y espectrógrafos modernos.
La idea es sencilla, pero supone un cambio enorme: ya no es necesario que los astrónomos estén físicamente junto al telescopio para utilizarlo. Los instrumentos pueden integrarse en campañas internacionales y responder rápidamente a fenómenos astronómicos que necesitan ser observados desde diferentes puntos del planeta.
El parque instrumental de Assy-Turgen incluye actualmente el AZT-20, el reflector Ritchey-Chrétien Zeiss-1000, de un metro, y el telescopio robótico NUTTelA-TAO, de 700 milímetros.
Tian Shan, por su parte, tiene previsto incorporar un telescopio automatizado de 50 centímetros desarrollado en colaboración con el Instituto de Astronomía y Ciencias Espaciales de Corea del Sur. El nuevo instrumento formará parte de una red internacional de pequeños telescopios con presencia también en Mongolia, Sudáfrica, Australia y Turquía.

Cúpulas de Maidanak, en las montañas de Kashkadariá: el AZT-22 de 1,5 metros sigue siendo el instrumento más solicitado de la región.
Maidanak: un observatorio que sigue mirando al universo
Kazajistán no es el único país de la región que está recuperando su infraestructura astronómica.
En Uzbekistán, el Observatorio Astronómico de Maidanak, situado entre 2.600 y 2.650 metros de altitud, cerca de Shakhrisabz, ha seguido un camino similar.
Gestionado por el Instituto Astronómico Ulugh Beg, su principal instrumento es el AZT-22, un telescopio de 1,5 metros fabricado por la empresa rusa LOMO y operativo desde 1992.
Su principal ventaja no es únicamente el telescopio. Maidanak disfruta de unas condiciones atmosféricas excepcionales. Cuenta con cerca de 2.000 horas de cielo despejado al año y un seeing medio de apenas 0,70 segundos de arco, unas condiciones que lo convierten en uno de los observatorios más solicitados de Asia Central.
Y su actividad científica demuestra que no se trata simplemente de una instalación histórica.
En noviembre de 2025, astrónomos de Maidanak participaron en el seguimiento internacional del estallido de rayos gamma GRB 251126A, detectado por el satélite Swift. El observatorio obtuvo datos fotométricos en banda R apenas 27 horas después de la detección inicial y coordinó sus observaciones con centros de Japón, Rusia, España y Estados Unidos.
El episodio resume bien el nuevo papel de estos observatorios: instalaciones con más de cuatro décadas de historia que siguen participando en investigaciones de primera línea, especialmente en el seguimiento de fenómenos astronómicos transitorios.

Maidanak bajo la Vía Láctea: unas 2.000 horas de cielo despejado al año explican por qué el AZT-22 sigue en las campañas de transitorios.
Astrohub: Kazajistán apuesta por una red propia
Uno de los proyectos que mejor refleja el renacimiento astronómico de la región es Astrohub, impulsado por el Instituto Astrofísico Fesenkov y Astrotechpribor. El objetivo es instalar más de 100 telescopios antes de 2030 y convertir a Kazajistán en un nodo de una red internacional de observación.
La estrategia ya traspasa sus fronteras. Kazajistán ha instalado o proyecta instalar telescopios en Canarias, Uzbekistán y Atacama. La idea es coordinar instrumentos situados en distintos puntos del planeta para mantener una vigilancia del cielo lo más continua posible.
El siguiente paso podría ser aún más ambicioso: el Instituto Fesenkov estudia lanzar en 2029 un telescopio en órbita lunar para vigilar el entorno de la Luna y detectar desechos espaciales.
Vigilar un cielo cada vez más congestionado
La basura espacial se ha convertido en uno de los grandes retos de la nueva era espacial. Satélites inactivos, fragmentos de colisiones y restos de cohetes se acumulan alrededor de la Tierra y pueden permanecer allí durante décadas.
Los observatorios de Asia Central participan en redes internacionales como ISON, que utilizan telescopios automatizados para seguir estos objetos y calcular posibles riesgos de colisión. La red cuenta ya con 38 observatorios en 16 países y 90 instrumentos ópticos.
El fenómeno forma parte de una carrera internacional por controlar un entorno espacial cada vez más congestionado. China, por ejemplo, está desarrollando una constelación específica para vigilar la basura espacial, mientras otros equipos trabajan en nuevas tecnologías de detección.
Mucho más que basura espacial
La nueva infraestructura también impulsa la investigación astronómica: búsqueda de exoplanetas, estudio de estrellas variables y enanas blancas, seguimiento de destellos de rayos gamma y observación de lentes gravitacionales.
Además, los observatorios de Asia Central están cada vez más conectados con instituciones de Europa, Asia y Estados Unidos. Lo que durante años fueron instalaciones aisladas está empezando a convertirse en una red científica internacional.
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