Hay ciudades que se visitan. Y hay ciudades que se degustan.
Santa Cruz de Tenerife acaba de conseguir, por unanimidad de un jurado que no suele repartir alegrías con ligereza, el título de Capital Española de la Gastronomía 2027. Y con él, algo más importante que una medalla: el reconocimiento de que el Atlántico también sabe a gloria.
Quince años lleva este galardón recorriendo España. Ciudades del centro, del sur, del este, del oeste. Ciudades bañadas por el Mediterráneo, todas con su ración de fama. Y ahora, por fin, le toca el turno a la España insular. La que llevaba siglos cocinando en silencio mientras el resto del país se llevaba los aplausos.
UNA CANDIDATURA COCINADA A FUEGO LENTO
No ha sido un golpe de suerte. El jurado, copresidido por Mariano Palacín (CEG) y José Luis Álvarez Almeida (Gastronomía de España), lo deja claro en su veredicto: Santa Cruz ha gestionado el proceso con paciencia, discreción y talento. Palabras que, en el mundo de las candidaturas institucionales, suenan casi a milagro.
Porque aquí la gastronomía no ha sido una ocurrencia de última hora. Ha sido política. Turismo conectado con restauración, producto local, mercados, comercio, formación hostelera, eventos y promoción. Todo cosido con el mismo hilo, todo remando en la misma dirección.
El alcalde, José Manuel Bermúdez Esparza, lo resume con una fórmula que suena a eslogan pero que, para variar, parece sincera: la gastronomía es identidad. Y Carmen Dolores Pérez Pérez, concejala de Turismo y responsable del proyecto, va más allá: las actividades programadas son, dice, una declaración de intenciones diseñada para degustarse paso a paso. Un proyecto que se cocina en equipo, no en solitario.
El reto para 2027 no es pequeño: 137 eventos gastronómicos repartidos a lo largo del año, servidos a los siete millones de turistas que cada año desembarcan en la isla de Tenerife. Ni un chef con estrella Michelin se atrevería con semejante menú.
EL ESCENARIO: UNA CIUDAD QUE TAMBIÉN ALIMENTA LA MIRADA
Antes de sentarse a la mesa, conviene pasear el apetito. La Recova —el histórico Mercado de Nuestra Señora de África— sigue siendo el estómago popular de la ciudad. El Auditorio de Tenerife, obra de Calatrava, desafía la geometría con la misma audacia con que un buen guiso desafía la báscula. La Plaza de España late como el corazón cívico de Santa Cruz, y el Parque García Sanabria ofrece su ración de biodiversidad entre plato y plato.
Y luego está el Carnaval, ese estallido de brillo y ritmo que convierte cualquier dieta en una excepción justificada. O la playa de Las Teresitas, para quien prefiera el postre en forma de baño. O el Parque Rural de Anaga, naturaleza desbordante que recuerda que, antes de ser cocina, todo esto fue tierra.
Y para acompañar el paseo, el trago que resume la ciudad en una taza: el barraquito. Café, leche condensada, alcohol. Contradicción líquida convertida en costumbre.
LOS TESOROS DE LA COCINA CHICHARRERA
La cocina chicharrera no nació ayer. Es la síntesis de siglos: los cultivos de los antiguos pobladores de la isla, los alimentos llegados de América —tomate, papa, maíz, pimiento, calabaza—, la tradición marinera, la agrícola, y el poso de culturas que fueron pasando y dejando huella en la sartén.
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