En Bangkok, el oro se acumula sobre el oro hasta que el visitante olvida preguntar qué hay debajo. Hay lugares que uno visita y lugares que se quedan en la retina. El Gran Palacio de Bangkok pertenece a la segunda categoría.

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Hace calor de una manera que no es tropical, sino litúrgica: un calor que exige silencio, recogimiento y sudor discreto bajo la manga larga que te obligan a ponerte, aunque tengamos treinta y ocho grados, porque aquí el decoro pesa más que el termómetro. Entras por la Puerta Vishnu Chakri y el oro te golpea antes que la idea. No hay transición. Un instante estás en una calle de Bangkok llena de tuk-tuks, vendedores de amuletos y turistas; al siguiente instante estás dentro de una ciudad hecha enteramente de reflejos: chedis que parecen llamas congeladas, mosaicos de cerámica china incrustados como escamas de un dragón que alguien decidió domesticar a base de oro, demonios guardianes —los yaksha— de varios metros que te miran con una furia pintada hace siglos y que, por algún motivo, sigue pareciendo actual, personal, dirigida a ti.

Huele a incienso, a laca, a río cercano. Suena a chancletas sobre mármol, a un guía que repite la misma frase en varios idiomas y a un silencio que se impone cada vez que alguien se acerca demasiado a una puerta que no debería cruzar. Uno entiende, sin que nadie se lo explique, que este lugar fue construido para que nadie pudiera mirarlo sin sentirse pequeño. Ese, precisamente, era el trabajo del oro. No decorar. Someter, con la cortesía infinita de quien no necesita levantar la voz para que le obedezcan.

UNA CAPITAL FUNDADA POR DECRETO Y POR URGENCIA

El Gran Palacio no nació de la vanidad tranquila de un rey asentado, sino del miedo muy concreto de un rey recién llegado. En 1782, tras la caída del reino de Thonburi, el general Chao Phraya Chakri se proclamó Rama I y decidió que la nueva capital de su dinastía, la que gobierna Tailandia hasta hoy, no estaría en la orilla oeste del río Chao Phraya, expuesta y frágil, sino en la orilla este, donde el agua podía actuar como defensa natural.

Nacía Rattanakosin.

Había que empezar de cero. Y empezar de cero significaba también trasladar a la comunidad china que ya vivía en aquel territorio hacia la zona que hoy conocemos como Yaowarat, el Chinatown de Bangkok. El 6 de mayo de 1782 comenzó la construcción. Tres años después, en 1785, Rama I se coronaba oficialmente en un palacio todavía a medio construir. El modelo seguía de cerca el antiguo palacio de Ayutthaya, la capital que los birmanos habían arrasado en 1767. No era solamente arquitectura. Era memoria reconstruida a la fuerza. Detrás de cada tejado dorado que hoy fotografiamos con el móvil hubo manos anónimas: artesanos, carpinteros, pintores, doradores y trabajadores sometidos a las obligaciones del Estado. Un rey que huye no construye un palacio únicamente por vanidad. Lo construye como quien levanta una coartada de piedra para no tener que volver a huir nunca más.

EL BUDA QUE HA SIDO MÁS REFUGIADO QUE CUALQUIERA DE NOSOTROS

Si hay un protagonista real en este relato, no es Rama I. Es una estatua de apenas 66 centímetros. El llamado Buda Esmeralda, tallado en jadeíta verde, probablemente en el norte de Tailandia alrededor del siglo XV, ha tenido una existencia extraordinariamente viajera. La tradición cuenta que fue descubierto en Chiang Rai después de que un rayo dañara un chedi y dejara al descubierto la imagen escondida bajo el estuco. Después llegaron los viajes: Lampang, Chiang Mai, Vientián y finalmente Siam. En 1778 regresó de Laos de la mano del mismo Chao Phraya Chakri que pocos años después se convertiría en Rama I. En 1784 fue instalado en su lugar definitivo: Wat Phra Kaew, el Templo del Buda Esmeralda, dentro del Gran Palacio. Desde entonces permanece allí, vestido con diferentes túnicas de oro según la estación. Solo el rey puede cambiar ceremonialmente sus vestiduras. Hay una ironía extraordinaria en todo ello. Tailandia construyó uno de sus grandes símbolos de permanencia alrededor de una imagen que ha pasado buena parte de su historia desplazándose de un reino a otro. Quizá por eso resulta tan poderosa.

DIEZ COSAS QUE NO HAY QUE PERDERSE EN EL GRAN PALACIO

El error sería visitar el Gran Palacio buscando únicamente aquello que brilla más. Hay que caminar. Hay que mirar. Y, sobre todo, hay que levantar la cabeza.

1. Wat Phra Kaew y el Buda Esmeralda

Es el corazón espiritual del complejo. El Wat Phra Kaew sorprende incluso antes de entrar: tejados superpuestos, dorados, mosaicos, figuras mitológicas y una densidad decorativa difícil de encontrar en cualquier otro lugar. En su interior está el Buda Esmeralda. La imagen es pequeña, pero su importancia es gigantesca. No se puede tocar ni acercarse demasiado. Hay que contemplarla desde la distancia reglamentaria, comprendiendo que para Tailandia no es simplemente una pieza artística: es uno de los grandes símbolos espirituales y nacionales del país.

2. Los murales del Ramakien

Aquí empieza la parte del palacio que muchos visitantes se pierden. Alrededor de Wat Phra Kaew se extiende una galería cubierta cuyas paredes están decoradas con escenas del Ramakien, la gran epopeya tailandesa inspirada en el Ramayana. Dioses, monos guerreros, demonios, batallas y héroes ocupan cientos de escenas. Es fácil recorrer unos metros, hacer una fotografía y seguir hacia el siguiente edificio. Sería un error. Los murales cuentan una historia que permite comprender mucho mejor la cultura tailandesa. Y hay algo más: en ellos queda la huella de cientos de artesanos anónimos. Pintores, doradores, carpinteros y restauradores cuyos nombres no figuran en ninguna guía, pero cuyo trabajo permanece en las paredes.

3. Los gigantes guardianes, los yaksha

Son imposibles de ignorar. Los enormes guardianes mitológicos protegen el recinto con sus cuerpos monumentales, sus colores intensos y unas expresiones que parecen desafiar al visitante. No son simples esculturas decorativas. Forman parte del universo mitológico que protege el templo. Son, además, una de las imágenes imprescindibles de la visita.

4. El Panteón Real

El Prasat Phra Thep Bidon, conocido como Panteón Real, recuerda que el Gran Palacio no es solamente un lugar religioso. Es también memoria de la monarquía y de la dinastía Chakri. Aquí arquitectura, religión y poder dejan de ser conceptos separados.

5. El Chakri Maha Prasat

Y entonces aparece Europa. Construido durante el reinado de Rama V y terminado en 1882, el Chakri Maha Prasat combina una base de inspiración europea con los característicos tejados tradicionales tailandeses. El resultado parece deliberadamente contradictorio. El cuerpo mira hacia Occidente. La cabeza permanece en Siam. En el siglo XIX, Europa avanzaba sobre Asia con cañoneras, tratados y ambiciones coloniales. Siam tuvo que modernizarse sin desaparecer. El edificio es, en cierto modo, un autorretrato arquitectónico de aquella diplomacia.

6. Dusit Maha Prasat

Más tradicional y elegante, el Dusit Maha Prasat fue utilizado como sala de audiencias reales.

Sus tejados superpuestos y su decoración representan una de las expresiones más refinadas de la arquitectura palaciega tailandesa. Es uno de esos edificios ante los que conviene detenerse unos minutos sin cámara. Solo mirar.

7. Las estupas y chedis dorados

Aquí el oro alcanza casi una dimensión física. Cúpulas, estupas, torres y tejados parecen competir entre sí por capturar la luz. Pero conviene acercarse. A corta distancia aparecen miles de pequeños detalles: cerámica, vidrio, mosaicos, flores, figuras y relieves. De lejos impresiona el conjunto. De cerca aparece el trabajo.

8. Las puertas y los detalles ornamentales

Las puertas, columnas, figuras y pequeños elementos decorativos merecen tanta atención como los grandes edificios. Hay rincones que pasan inadvertidos porque el visitante está pendiente del siguiente monumento. El Gran Palacio castiga esa prisa. Cuanto más despacio se recorre, más aparece.

9. Los patios y espacios ceremoniales

El Gran Palacio no debe visitarse como si fuera una sucesión de edificios aislados. Los patios, corredores y espacios ceremoniales explican cómo funcionaba aquel mundo. Aquí se mezclaban la vida de la corte, las ceremonias religiosas y la representación del poder. Caminar por ellos permite entender la dimensión real del complejo.

10. El entorno del Chao Phraya

Y después de tanto oro conviene recordar dónde estamos. Bangkok nació y creció mirando al agua. El Chao Phraya ha sido durante siglos una de las grandes arterias de la ciudad y continúa siendo una de las mejores maneras de entender su historia. La visita al Gran Palacio puede enlazarse con otros grandes templos y barrios históricos de la capital. Porque el palacio no está aislado de Bangkok. Es el corazón histórico desde el que se puede empezar a leerla.

LOS MUROS QUE CUENTAN LA HISTORIA QUE CASI NADIE LEE

Rodeando Wat Phra Kaew se encuentra la galería del Phra Rabiang. Sus pinturas narran el Ramakien y forman uno de los grandes tesoros artísticos del complejo. Pero hay una paradoja. Cuanto más espectacular es el oro del palacio, menos atención recibe aquello que exige tiempo. Los murales obligan a detenerse. El oro permite pasar. Quizá por eso tantos visitantes se marchan habiendo fotografiado cien veces el mismo tejado y sin haber entendido una sola escena de la historia que los muros llevan siglos contando. Ahí está una de las partes más humanas del Gran Palacio. En las manos de los artesanos que nunca aparecen en los folletos.

EL PALACIO QUE SE HIZO EUROPEO A MEDIAS

Un siglo después, con Rama V en el trono y Europa llamando a la puerta de Asia, el Gran Palacio tuvo que aprender a hablar otro idioma sin dejar de ser, en el fondo, el mismo. El resultado fue el Chakri Maha Prasat. Mármol, columnas y balaustradas de inspiración europea. Y arriba, los tejados tradicionales tailandeses. Occidente debajo. Siam arriba. No fue solamente una cuestión estética. Rama V impulsó reformas profundas, abolió progresivamente la esclavitud y transformó las estructuras del país. Siam consiguió además conservar su independencia frente a las potencias coloniales que dominaban buena parte del sudeste asiático. Aquel edificio mestizo es probablemente uno de los mejores retratos arquitectónicos de aquella estrategia: modernizarse sin dejar de ser uno mismo.

LA GRIETA DORADA: UN REY DE VEINTE AÑOS

Y luego está la historia que las guías turísticas mencionan, cuando lo hacen, en una línea. El 9 de junio de 1946, el rey Ananda Mahidol, Rama VIII, apareció muerto de un disparo en la cabeza en el Salón del Trono Boromphiman. Tenía veinte años. Había nacido en Heidelberg y había pasado buena parte de su infancia en Suiza. Había sido coronado siendo todavía un niño. Regresó a Tailandia apenas unos meses antes de morir. Y tenía previsto regresar a Lausana para continuar sus estudios. Nunca volvió. Su hermano menor, Bhumibol, tenía entonces dieciocho años. Terminó heredando una corona que tampoco había pedido. Y acabó reinando durante siete décadas. La investigación sobre la muerte de Ananda nunca consiguió despejar completamente las dudas sobre lo ocurrido. Se puede recorrer hoy el Gran Palacio, pagar la entrada, admirar los yaksha, contemplar el Buda Esmeralda desde la distancia reglamentaria y fotografiar el Chakri Maha Prasat sin saber que dentro de este mismo recinto murió un rey de veinte años cuya vida había transcurrido muy lejos del país que estaba destinado a gobernar. El palacio no oculta esa historia. Simplemente tiene mucho oro alrededor.

LO QUE QUEDA CUANDO SALES

Sales por la misma puerta por la que entraste. Y el calor litúrgico vuelve a convertirse en calor tropical. Aparecen otra vez los tuk-tuks, los vendedores de mango con chile, el tráfico, los taxis y los turistas comparando fotografías en sus teléfonos. Miras hacia atrás. Y el Gran Palacio parece exactamente lo que sus arquitectos quisieron que pareciera durante casi dos siglos y medio: eterno. Pero ya sabes que no lo es. Sabes que detrás del oro hubo desplazamientos. Que detrás de los tejados hubo trabajo anónimo. Que detrás de la arquitectura hubo miedo. Que detrás de la religión hubo guerras y viajes. Que el Buda más venerado de Tailandia fue, durante buena parte de su historia, un objeto desplazado de un reino a otro. Que hubo un rey reformista que tuvo que defender la identidad de su país frente a Occidente. Y que, entre tanto esplendor, un muchacho de veinte años murió en una habitación que no había elegido, cumpliendo un destino que tampoco había pedido. El Gran Palacio de Bangkok no es solamente un monumento a la grandeza de Tailandia. Es algo mucho más interesante. Es un monumento a la capacidad de una civilización para convertir su historia en arquitectura. Para transformar el miedo en piedra. La memoria en oro. La religión en símbolo. El poder en ceremonia. Y el dolor en silencio. Quizá por eso el Gran Palacio impresiona tanto. No porque tenga oro. Sino porque tiene tanto que mirar que, durante unos minutos, uno puede olvidarse de preguntar qué hay debajo. Y debajo del oro está la historia. Y esa, al final, es la parte que no hay que perderse.

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Por Miguel Ángel González Suárez

Presidente de FIJET España (Federación Mundial de Periodistas de Turismo en España). Analista y columnista turístico. Director General de la cadena de radio La Diez capital radio y CEO de la revista Turiscom.

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