La obra maestra de King Vidor que convirtió el individualismo en una filosofía de vida
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Empieza tu transformación hoy- Director: King Vidor; Reparto: Gary Cooper, Patricia Neal, Raymong Massey, Ken Smith; Año: 1949; Duración: 114 min.; País: Estados Unidos
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El manantial (The Fountainhead, 1949), dirigida por el maestro King Vidor, se presenta como la transposición a la gran pantalla del objetivismo egoísta y el capitalismo laissez-faire de Ayn Rand.

La película adapta la homónima y monumental novela de la escritora rusa, nacionalizada estadounidense, Ayn Rand, quien además firmó el guion para garantizar que su mensaje no sufriera la más mínima alteración. El argumento sigue la andadura de Howard Roark, un visionario arquitecto vanguardista que prefiere picar piedra en una cantera antes que ceder un solo ápice de su integridad intelectual frente a los comités de expertos, los críticos de arte y un público adoctrinado en la mediocridad estética.
Para encarnar este monumento a la soberanía del individuo, King Vidor dispuso de un binomio interpretativo que derrocha una tensión magnética insuperable en cada encuadre. Gary Cooper da vida a Howard Roark con una sobriedad pétrea. Su imponente presencia física y su tono de voz definen a la perfección el ideal del «héroe randiano»: un hombre que no busca el conflicto por rebeldía o narcisismo, sino que se limita a existir bajo sus propias leyes racionales, entendiendo que su mente es su propiedad privada más sagrada. La actuación de Cooper no necesita de aspavientos melodramáticos; la determinación económica de sus silencios basta para sostener el peso moral de todo el largometraje.
A su lado brilla una soberbia Patricia Neal en el papel de Dominique Francon, una mujer atrapada en el dilema ético del nihilismo. Francon ama la genialidad y el orgullo de Roark, pero teme que el mundo gris y mediocre que la rodea termine por devorarlo y destruirlo, lo que la lleva a adoptar una postura defensiva en su trato personal. La química entre Cooper y Neal —traspasada a la vida real— supera el celuloide, configurando un romance tempestuoso, puramente intelectual y de un erotismo conceptual pocas veces replicado en la historia del cine.
El genio de Vidor como director radica en su capacidad para traducir las densas premisas filosóficas de Rand en una narrativa visual contundente. Utilizando un expresionismo de líneas rectas, rascacielos geométricos que arañan el cielo y contrastes de luces radicalmente marcados, la película contrapone los edificios modernos, limpios y utilitarios de Roark frente a los engendros neoclásicos, recargados e imitativos que defiende el establishment. La arquitectura aquí no funciona como un mero decorado de fondo; es el reflejo de la honestidad intelectual frente a la hipocresía colectiva, por eso no es una película sobre arquitectura, como algunos críticos pretendieron, sino un elogio del objetivismo.
El antagonista de la historia no es un criminal común, sino Ellsworth Toohey, un influyente y maquiavélico crítico de arte que utiliza los medios de comunicación de masas para promover el altruismo obligatorio y el colectivismo cultural. Toohey busca doblegar el genio individual para extirpar el orgullo del creador.
El clímax de la cinta —y su razón de ser ideológica— se condensa en el histórico discurso final de Howard Roark ante un tribunal, tras haber dinamitado un complejo de viviendas sociales que él mismo diseñó y que había sido alterado sin su consentimiento. En un alegato de más de seis minutos que se estudia en las escuelas de oratoria, Cooper expone con lucidez que el creador produce por sí mismo para aportar valor al mundo, mientras que el parásito regulador vive de «segunda mano», usufructuando y limitando el talento ajeno.
Rand influyó claramente en la revolución conservadora de los años 80, con Reagan y Thatcher a la cabeza, que terminaron con los 30 años gloriosos de la socialdemocracia, y lo hace también en el Partido Republicano actual, que defiende un Estado en el que el gobierno tendría muy pocas competencias, pero cuyos representantes se olvidan de su oposición frontal a la religión y su defensa a ultranza del derecho al aborto.
Howard Roark representa la tesis schumpeteriana de la «destrucción creativa» y el espíritu del «verdadero empresario»: aquel que dinamiza el mercado a través de la innovación disruptiva, negándose a vivir de los subsidios públicos o del favor regulatorio del gobernante de turno.
El manantial es una obra imperecedera que incomoda, especialmente si no comulgas con las ideas «randianas». Celebra el egoísmo racional y el genio individual como motores de la civilización, el progreso tecnológico y la riqueza de las naciones. Un recordatorio de que, según Rand y sus seguidores, los rascacielos que cambian el curso de la historia nacen siempre del mismo manantial inagotable: la mente de un hombre libre y egoísta.

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