En la calle Doctor Domingo González García de La Orotava, el aroma a cereal tostado todavía marca el ritmo del barrio. No es un olor cualquiera: es el de un molino que lleva funcionando desde mediados del siglo XVI y que hoy, en 2026, sigue despachando gofio a granel a vecinos, turistas y colegios. El Molino de Chano —como lo conoce todo el norte de Tenerife— es mucho más que un negocio familiar. Es uno de los últimos eslabones vivos de una cadena que comenzó con los guanches y que, contra todo pronóstico, no se ha roto.

El gofio no es un invento moderno. Los aborígenes canarios ya tostaban y molían cereales (trigo, cebada, incluso rizomas de helecho) mucho antes de la conquista. En Tenerife lo llamaban ahoren; en otras islas, gofio. La primera referencia escrita conocida aparece en un expediente judicial de 1495. Tras la llegada de los europeos y, más tarde, del millo americano, el alimento se consolidó como base de la dieta isleña, especialmente en épocas de escasez.

La Orotava nació, en buena medida, alrededor del agua y de los molinos. Aprovechando el caudal de los nacientes de Aguamansa y la pendiente natural, se construyeron hasta 13 molinos hidráulicos alineados a lo largo de una acequia que bajaba desde La Piedad hasta las cercanías de la iglesia de La Concepción. De aquellos trece, hoy se conservan diez y solo dos permanecen en activo: el de Chano (origen a mediados del siglo XVI) y La Máquina (1634). Ambos forman parte del Bien de Interés Cultural “Acueducto de los Molinos”, declarado en 2006.

El molino que hoy lleva el nombre de Chano perteneció en sus orígenes a Pedro Benítez de Lugo, hijo de Bartolomé Benítez de Lugo (sobrino del Adelantado Alonso Fernández de Lugo). Las estructuras visibles datan principalmente del siglo XVIII. Conserva piedras de moler centenarias —una de ellas de unos 300 años— que siguen en uso.

Chano y la electrificación forzada

Sebastián González Hernández, conocido como Don Chano, arrendó primero y compró el molino en 1955. Su familia ya tenía tradición molinera: su tía Josefina dio nombre a otro de los históricos molinos de la zona. El momento más crítico llegó en 1961, cuando el caudal de agua se cortó de un día para otro. Mientras muchos molinos cerraron, Chano apostó por la electrificación y por no bajar la calidad. Su hija María Nieves González Martín recuerda que “el molino fue siempre más un centro social que un simple negocio”.

Hoy el relevo lo prepara Gara González Reyes, de 31 años, nieta de Chano. La familia ha resistido la tentación de vender a grandes superficies. Siguen despachando a granel, priorizando el cliente de mostrador, los restaurantes y los colegios locales. “No se puede chotear el gofio”, dice Nieves. El prestigio es tal que, según cuentan, los niños de los comedores escolares notan enseguida cuando el gofio no es el de Chano.

Un panorama de resistencia

En Canarias quedan alrededor de 37 molinos activos (algunas fuentes recientes hablan de cifras cercanas). En Tenerife la cifra oscila según el recuento, pero la tendencia es clara: la industrialización y el cambio de hábitos alimentarios han reducido drásticamente el número de talleres artesanales. La producción total de gofio, sin embargo, no ha caído. Bajo la Indicación Geográfica Protegida Gofio Canario, pasó de 5,68 millones de kilos en 2014 a 6,74 millones en 2024 (un aumento del 18,7 %). De ellos, aproximadamente 1,7 millones se exportan. Gran Canaria lidera la producción (3,48 millones de kilos), seguida de Tenerife (2,5 millones). El 58 % del gofio es de millo.

El proceso artesanal sigue siendo esencialmente el mismo: tostado cuidadoso del grano, reposo de al menos 24 horas y molienda entre piedras. El resultado es una harina fina, aromática, rica en fibra, minerales (potasio, calcio, magnesio, hierro, zinc) y vitaminas del grupo B. Se consume en leche, en pella, escaldado con caldo de pescado o en elaboraciones modernas de alta cocina.

Más que un producto: un patrimonio

Visitar el Molino de Chano no es solo comprar gofio. Es oír el ruido de las piedras, sentir el olor del cereal tostado y entender por qué La Orotava se organiza todavía alrededor de aquella antigua “columna vertebral urbana” de molinos y lavaderos. La familia no cobra por las explicaciones a los turistas y mantiene el carácter de pequeño comercio de barrio.

En un archipiélago que exporta cada vez más gofio y que celebra concursos anuales (el mejor de 2025 fue un gofio de millo de Firgas, Gran Canaria), los molinos como el de Chano representan algo más difícil de cuantificar: la continuidad de un oficio que lleva cinco siglos uniendo el grano tostado con la identidad canaria. Mientras las piedras de 300 años sigan girando en la calle Doctor Domingo González García, ese puente entre los guanches y el presente permanece abierto.

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