El la foto parte del tejado, patio con parral y el peral de «Casa Antonino». La Laguna años 30.

En los años cincuenta, sesenta y setenta, Casa Antonino llegó a convertirse casi en una especie de «pseudosacristía» del Santuario y del cuartel del Cristo.

La expresión puede parecer exagerada, pero explica bastante bien lo que significaba aquel lugar. Todo lo que ocurría alrededor del Santuario terminaba sabiéndose allí. Y no podía ser de otra manera, porque Casa Antonino estaba situada prácticamente enfrente de los arcos del Cristo.

Tras aquellos arcos se abría todo el espacio que tradicionalmente conocemos como el patio del Cristo. Allí estaba el Santuario; a la izquierda, el convento y los aposentos de los franciscanos; y a la derecha, la entrada al cuartel de los artilleros. En aquel mismo entorno se encontraba también la residencia de oficiales, justo enfrente de Casa Antonino, además de diversos pabellones militares.

El Santuario y la entrada al cuartel de los artilleros. Años 60

Con semejante emplazamiento, es fácil imaginar el continuo movimiento de personas alrededor de aquella tasca: militares, vecinos, parroquianos, personajes conocidos de la ciudad y, naturalmente, personas relacionadas con la Esclavitud del Santísimo Cristo.

Durante las fiestas de septiembre, aquel trasiego aumentaba considerablemente. Algo parecido ocurría en Semana Santa. El resto del año, la actividad de los esclavos era menor, al menos si la comparamos con la vida cotidiana que mantienen determinadas hermandades y cofradías de otros lugares.

Pero cuando llegaban las fiestas del Cristo, todo aquel entorno cobraba una vida extraordinaria.

Y allí, a pocos metros del Santuario, estaba Casa Antonino.

La vieja casa terrera. La barra llena de asiduos. El patio bajo la parra. Aquel misterioso peral de las «peras limón». El enorme caldero de papas siempre al fuego. Los chocos asados, el pescado salado, las potas y el vino.

Y, sobre todo, la gente.

Hipólito y el «Viejo Pablo», un leal amigo del primero, don Pablo bailaba con «Polo» un tajaraste de Valle Tabáres y acompañandose de las coplas del mismo… «Pepa de almendra, corazón de avellana»… Recreacción del patio de casa Antonino

Hipólito, «Polo el de la funeraria»

Entre los habituales de Casa Antonino estaba Hipólito, aunque poca gente lo conocía por ese nombre. Allí donde fueras con él, siempre aparecía alguien que lo saludaba como «Polo el de la funeraria».

Con Polo siempre había historias.

Historias de entierros, de curas, de capas, de responsos y de aquellos tiempos en que las misas todavía se decían en latín. Su profesión despertaba cierto recelo en algunas personas, pero él se encargaba enseguida de quitarle solemnidad al asunto. Después de unas copas podía ponerse a cantar partes de la misa en latín y a explicar cómo eran antiguamente los responsos y las ceremonias de los entierros.

No sé cuántos responsos le vi hacer a Polo en la propia barra de Casa Antonino.

Era muy delgado y muy moreno, y aquello también formaba parte de sus bromas. Cuando aparecía alguna persona mayor con la que tenía confianza y a la que podía gastarle una de las suyas, se colocaba una toalla o cualquier cosa que tuviera a mano, cogía algún utensilio como si llevara un hisopo y comenzaba solemnemente:

—Con este hisopo te bendigo para que tu pelo vaya más limpio, puro y blanco como la nieve.

Y acto seguido lo rociaba con agua.

Aquel era el responso.

Lo hacía allí mismo, delante de la barra, y bastaba ver la cara del «responsado» y las de quienes contemplaban la escena para que aquello terminara convertido en un auténtico tenderete.

A Polo le encantaban esas bromas. Y también piropear a determinadas mujeres mayores.

Había una madre y una hija, las dos muy enamoradizas, que aparecían completamente pintadas y arregladas para verlo. Polo las invitaba a unos vinitos y empezaba a decirles sus cosas. Había que ver especialmente la cara de la madre, que era ya bastante mayor, mirando a Polo completamente enamorada.

Aquello era un espectáculo.

Pero detrás de aquel hombre bromista había también una faceta que siempre me llamó mucho la atención: Hipólito tenía una relación extraordinaria con los animales.

Llegué a estar con él en casas de campo de ganaderos donde tenían perros atados durante todo el día, soportando el calor y, algunas veces, hasta sin agua. Eran animales que, en cuanto veían llegar a un extraño, comenzaban a ladrar y a tirar de la cadena de tal manera que parecía que iban a comerse al primero que intentara acercarse.

Polo no les tenía miedo.

Se aproximaba tranquilamente, comenzaba a hablarles, les tocaba la cabeza y los acariciaba. Al poco tiempo, aquel mismo perro que momentos antes parecía dispuesto a lanzarse sobre cualquiera estaba moviendo el rabo mientras Polo seguía hablándole.

Tenía algo especial con los animales.

En la puerta de Casa Antonino sucedía lo mismo. En aquella época había muchos perros sueltos por las calles y, en cuanto veía pasar alguno, Polo lo miraba y decía:

—¡Hombre, don Perro! Échese un vasito de vino, hombre. Venga, entre y échese un vasito de vino, que yo se lo pago.

Y allí entraba el perro con él. Polo se quedaba hablando con el animal como si fuera un parroquiano más que acabara de pasar por la plaza.

Arrastre de 1955 en la plaza del Cristo, al fondo Casa Antonio

Las vacas de Polo

Polo también tenía ganado.

Cuando comenzaron a recuperarse los arrastres de ganado todavía no existía la asociación que se crearía posteriormente. Se reunían unos cuantos ganaderos y organizaban porfías y arrastres, unas veces con motivo de las fiestas de San Benito y otras en alguna finca de la zona de Las Mercedes.

Polo tenía las cuadras en las Cuevas de la Arena, en la parte más alta del risco de San Roque. Cuando había arrastre, las vacas las bajaban en un camión para llevarlas hasta el lugar de la competición.

Y aquí aparece otra de aquellas historias que retratan perfectamente el ambiente de Casa Antonino.

Antonio, «Perejil», el cocinero de la casa, era sobrino de Polo.

Un día bajaba el camión con las vacas y pasó por delante del bar. Al volante iba Bernabé, hijo de Mateo el Cumbrero, también relacionado con el mundo del ganado.

Perejil estaba en la puerta de Casa Antonino y, cuando vio pasar a Bernabé con aquel camión cargado de vacas, no pudo contenerse:

—¡Hombre, Bernabé! ¡Siempre arrastrando cuernos!

Bernabé frenó el camión y, sin pensárselo demasiado, le respondió:

—Sí, pero son de tu tío Polo.

Aquello era Casa Antonino.

Una frase lanzada desde una puerta, una respuesta desde un camión y, en cuestión de segundos, media tasca riéndose.

Porque Casa Antonino no era solamente un lugar donde se iba a beber un vaso de vino o a comer algo. Era un punto de encuentro, un pequeño observatorio de la vida cotidiana de aquella parte de La Laguna. Por su puerta pasaban los militares del cuartel, los franciscanos, los vecinos, los ganaderos, los esclavos del Cristo y personajes como Polo, capaces de convertir cualquier momento del día en una historia que, muchos años después, todavía merece ser contada.

Y luego estaba, naturalmente, la comida.

Etiquetas: Casa Antonino, Plaza del Cristo La Laguna, Julio Torres, Historia de La Laguna, Fiestas del Cristo

Casa Antonino fue una tasca mítica situada frente a los arcos del Cristo, en la Plaza del Cristo de La Laguna, en los años 50, 60 y 70. Era punto de encuentro de militares del cuartel, franciscanos del convento, ganaderos, esclavos del Cristo y vecinos. Artículo de Julio Torres que narra historias de su patio bajo la parra, el peral de peras limón, papas, chocos y vino, y del personaje Hipólito ‘Polo el de la funeraria’.

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Por Julio Torres

Director del periódico digital LaLagunaAhora.com. Fundador y director del periódico "El Lagunero". Fundador y director de la revista "La Laguna 30 Días". Co-Fundador y primer presidente de ACELA

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