5 de septiembre, Día Mundial del Periodista Turístico
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Y como todos los días que el calendario inventa para recordar un oficio, quizá este sirva menos para el brindis que para detenernos un instante y preguntarnos qué significa ejercerlo cuando nadie nos mira.
Porque el periodista turístico no es —aunque el rumor perezoso se empeñe en decirlo— quien llena una página de adjetivos prestados para describir un hotel, ni quien cambia un billete de avión por una crónica agradecida. No. El periodista turístico es ese hombre o esa mujer que se sienta frente a una máquina de escribir —hoy un teclado, ayer una Olivetti— con una libreta llena de nombres de pueblos que nadie sabe pronunciar, de estaciones, aeropuertos, fechas, historias y horas de vuelo que no le pertenecen.
Y entonces decide que aquel lugar merece ser contado.
Contado con la misma seriedad con la que se cuenta una guerra, un amor o una muerte. Con los datos comprobados. Con la memoria despierta. Con curiosidad. Y, sobre todo, con una mirada que no traicione ni al que lee ni al lugar sobre el que se escribe. El día que decidimos contar los viajes en serio
La historia de esta fecha comenzó lejos de aquí, en un lugar donde la naturaleza parece haber decidido escribir su propia crónica.
Fue el 5 de septiembre de 2018, en Puerto Iguazú, en esa frontera extraordinaria donde el agua se precipita hacia el vacío y el estruendo de las cataratas parece la voz de la Tierra.
Allí, durante el VIII Congreso de Periodistas y Profesionales del Turismo, un grupo de hombres y mujeres empeñados en dignificar este oficio, con el respaldo de la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT), decidió que el periodismo turístico también debía tener un día para mirarse a sí mismo.
No estaban reclamando más viajes. Estaban reclamando algo mucho más difícil: rigor. Que el turismo pudiera ser contado con precisión y no únicamente con entusiasmo. Porque durante demasiado tiempo este oficio ha soportado una sospecha incómoda: la de ser un periodismo menor, complaciente, escrito a cambio de una habitación, una comida o un paisaje. Y cuando esa sospecha se convierte en realidad, no perjudica solamente a quien la práctica. Perjudica a todos. Por eso este día no debería celebrar los viajes de prensa, las invitaciones ni las fotografías frente a monumentos. Debería celebrar una idea mucho más incómoda y, precisamente por eso, mucho más necesaria: que contar un destino con honestidad —con sus luces, pero también con sus sombras— es una forma de servicio público. Puentes, no folletos
Quien ejerce este oficio aprende pronto que su trabajo no termina en la anécdota. Un reportaje sobre un balneario centenario donde todavía huele a azufre y a tiempo detenido. Una crónica sobre un templo donde el calor hace sudar a los santos. Una historia sobre un pequeño pueblo que intenta sobrevivir mientras sus jóvenes se marchan. Una noticia urgente sobre el cierre de una ruta aérea que durante décadas fue el hilo que unía una isla con el mundo.
Todo parece diferente. Pero, en el fondo, todo responde a la misma tarea: explicarle un territorio a quien todavía no lo conoce. Y hacerlo sin renunciar a la curiosidad, pero tampoco a la crítica. El periodista turístico no debería ser un vendedor de destinos. Debería ser un traductor. Traductor de culturas. De paisajes. De silencios. De acentos. De costumbres. De aquello que una fotografía nunca termina de explicar.
Su oficio consiste en tender un puente —frágil, pero necesario— entre quien vive de recibir visitantes y quien llega buscando comprender dónde está. No se trata únicamente de decirle al viajero dónde dormir o dónde comer. Se trata de explicarle dónde está pisando. Los guardianes de lo invisible Hay, además, una parte de este oficio que nunca aparece en las estadísticas del turismo. No genera millones de euros. No ocupa portadas. No suele aparecer en los folletos de promoción. Y, sin embargo, quizá sea la más importante.
Es la de custodiar lo invisible.
Cuando un periodista rescata la historia de un manantial romano que continúa brotando tibio entre las piedras, la memoria de un pequeño santuario perdido en una montaña, la leyenda de un santo que hace milagros modestos o el último taller de un artesano que ya no encuentra aprendices, está haciendo algo más que escribir.
Está dejando constancia.
Está salvando una pequeña parte del mundo de la segunda muerte: el olvido. El arqueólogo utiliza una pala. El fotógrafo, una cámara. El periodista utiliza palabras. Y a veces las palabras son también una forma de conservar. Porque un territorio que se comprende se respeta. Y un territorio que se respeta tiene más posibilidades de sobrevivir. El turismo, cuando está bien contado, no vende un lugar. Lo explica. Y al explicarlo, puede ayudar a protegerlo. La responsabilidad de escribir sobre lugares que no son nuestros. Hay otra responsabilidad que conviene recordar especialmente hoy.
Escribimos sobre lugares que no son nuestros. Sobre culturas que no hemos heredado. Sobre pueblos donde no vivimos. Sobre mesas a las que quizá solo nos sentamos una vez. Sobre comunidades cuya vida continúa cuando nosotros hacemos la maleta y regresamos a casa. Y nuestras palabras pueden influir en ellas.
Un artículo apresurado, escrito desde el deslumbramiento y sin mirar lo suficiente, puede convertir un pequeño rincón en una fotografía viral y condenarlo, de repente, a recibir miles de visitantes para los que nadie estaba preparado.
Pero una historia bien contada puede hacer exactamente lo contrario. Puede repartir la mirada. Descubrir otros caminos. Dar nombre a quienes llevan generaciones cuidando un paisaje. Poner rostro a quienes sostienen una tradición. Explicar por qué un lugar merece ser visitado, pero también por qué merece ser respetado. Porque detrás de cada destino hay personas. Y quizá esa sea la primera regla que deberíamos recordar quienes escribimos sobre turismo: el viajero se marcha; la gente del lugar se queda. Un oficio entre la información y la publicidad
Desde España, donde el periodismo turístico ha ido conquistando, poco a poco, su propio espacio dentro de organizaciones históricas como FIJET, la Federación Mundial de Periodistas y Escritores de Turismo, esta fecha también debería servir para mirarnos hacia dentro.
Nos queda camino. Mucho. Necesitamos más formación especializada. Más rigor en la comprobación de los datos. Más cultura turística. Más periodismo. Y menos confusión entre información y publicidad.
Porque una cosa es recomendar. Y otra, muy distinta, dejar de preguntar. El periodista turístico puede enamorarse de un destino. De hecho, probablemente tenga que hacerlo. Pero nunca debería enamorarse tanto como para dejar de verlo. Debe conservar siempre una pequeña distancia. La suficiente para poder decir: esto es extraordinario. Pero también: esto podría hacerse mejor.
Ahí empieza el periodismo. Contar el mundo antes de que cambie
Hoy, 5 de septiembre, mientras colegas de Europa y América se felicitan y las redes se llenan de fotografías de lugares hermosos, conviene recordar algo sencillo.
El periodismo turístico no existe para adornar destinos. Existe para contarlos. Para contar su agua y su piedra. Sus hoteles y sus casas. Sus monumentos y sus heridas. Sus fiestas y sus silencios. Sus éxitos y sus contradicciones.
Para contar a quienes llegan y, sobre todo, a quienes ya estaban allí mucho antes de que llegáramos nosotros. Porque viajar es desplazarse. Pero conocer es otra cosa. Conocer exige mirar. Escuchar. Preguntar. Contrastar. Y después, cuando ya hemos visto y escuchado suficiente, sentarnos frente a una pantalla —o frente a aquella vieja Olivetti que todavía habita en la memoria de algunos— y tratar de convertir todo aquello en palabras.
Ese es nuestro oficio. Contar el mundo. Pero contarlo sin romperlo. Contarlo sin disfrazarlo. Contarlo sin venderlo. Contarlo para que quien lo lea pueda comprenderlo. Y quizá, si hacemos bien nuestro trabajo, para que cuando nosotros ya no estemos allí, alguien pueda seguir reconociendo en nuestras palabras el lugar que un día tuvimos la suerte de mirar.
Porque los destinos cambian. Los hoteles cambian. Los aeropuertos cambian. Las carreteras cambian. Incluso nosotros cambiamos.
Pero queda algo. Queda la historia. Queda la memoria. Queda una página.
Y mientras exista alguien dispuesto a escribirla con honestidad, el mundo seguirá teniendo quien lo cuente.
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